Cuando Él hubo bajado del monte, lo siguieron grandes multitudes. Y he aquí, vino un leproso y se postró ante Él, diciendo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme». Entonces Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero; sé limpio». Y al instante quedó limpio de su lepra.
Mateo 8:1–3
16 DE AGOSTO
Él está dispuesto
Si has tenido dudas acerca de la disposición de Jesús para sanarte debido a tus pecados y defectos, quiero mostrarte cómo Jesús sanó a alguien que estaba descalificado y era considerado impuro según la ley levítica. Mateo 8 tiene lugar en el Monte de las Bienaventuranzas, justo después de que Jesús predicara el Sermón del Monte, y comienza con los versículos anteriores.
Uno de mis lugares favoritos para visitar en Israel es el Monte de las Bienaventuranzas. Hace varios años, subí hasta el lugar donde Jesús podría haberse sentado mientras predicaba a las multitudes que estaban abajo. Luego caminé por un sendero que descubrí que conducía hasta Capernaum.
Siempre había imaginado a Jesús bajando del monte en dirección a la multitud, pero me di cuenta de que, si hubiera sido así, no diría que «grandes multitudes lo siguieron». Es muy probable que Él estuviera bajando por otro lado del monte, en dirección a Capernaum, para que las multitudes pudieran seguirlo. Solo un versículo después de que Jesús sanara al hombre con lepra, la Biblia nos dice que entró en Capernaum (Mateo 8:5), así que esto tiene sentido para mí.
Mientras caminaba por aquel sendero, llegué a un enorme montón de rocas a un lado y noté otras piedras grandes esparcidas cerca. De repente, sentí que el Señor captó mi atención y comenzó a darme una visión interior. Vi cómo el hombre con lepra podría haberse escondido debajo de aquellas rocas para poder escuchar a Jesús predicar sin ser visto por las multitudes. Si lo hubieran visto, al ser considerado impuro debido a su lepra, las personas que sentían repulsión por su condición podrían haberle arrojado piedras para obligarlo a alejarse.
Vi la angustia de aquel hombre cuyo cuerpo estaba cubierto de llagas de lepra y de carne expuesta y lastimada, y que además había sido obligado a aislarse y a separarse de sus seres queridos para no contaminarlos ni hacerlos impuros (Lev. 13:45–46). Vi la desesperación del hombre que se arrojó delante de Jesús, adorándolo mientras decía: «Señor, si quieres, puedes limpiarme». Y vi la belleza y la majestad de nuestro Señor Jesús cuando tocó al hombre con lepra y declaró: «Quiero; sé limpio».
En ese momento, el Señor no solo restauró la salud de aquel hombre, sino que también restauró su humanidad.
Que Jesús tocara a un hombre con lepra es algo extraordinario. Bajo la ley, cuando alguien limpio tocaba a alguien impuro, el limpio quedaba impuro. Nuestro Señor Jesús estaba mostrando que, bajo la gracia, cuando el limpio (Jesús) toca al impuro, ¡el impuro queda limpio! Jesús no contrajo impureza al tocar al hombre con lepra; la expulsó. Amado, Él hará lo mismo contigo.
Este devocional es una adaptación del libro El poder sanador de la Santa Cena: un devocional de 90 días.

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